Si alguien me pregunta cuál es la mejor época para visitar España, no dudo en decirles que el verano, porque el país se pinta de sol, arena y mar, pero sobre todo del gran colorido que tienen las fiestas que se organizan en cualquier rincón.
Regularmente de junio a finales de septiembre, este país celebra muchas, muchísimas fiestas patronales que son la viva voz del rescate de tradiciones y costumbres.
Ejemplo de ello -como de pueblos chicos, grandes o ciudades- es una fiesta que este año he vivido más de cerca y que aquí les comparto con imágenes. Se trata de las fiestas patronales que se celebran en agosto, en Bétera, una población que está como a 10 ó 15 minutos de Valencia.
Les llaman «Festa de la Mare de Deu d’Agost», «Festa de les Alfàbegues» o «Festes d’Agost«, que culminan con la ofrenda de «les Alfàbegues» (albahacas en valenciano).
Durante varios días, estas fiestas ofrecen un variado programa de eventos, desde festivales de bandas de música, concursos de paellas, procesiones, misas en honor de la virgen, pasacalles, mercado medieval, cabalgata de disfraces y conciertos -a veces gratuitos- a veces con un costo significativo.
Los eventos más representativos y emotivos por los beterenses son los que se viven en los últimos días de la fiesta, como lo es la ofrenda de las albahacas a la virgen y la «cordà».
El gran atractivo de esta celebración son las obreras, que son cuatro mujeres que representan la festividad: dos chicas solteras y dos casadas. El día de la ofrenda, 15 de agosto, a temprana hora las obreras solteras acuden al huerto municipal, vestidas con el traje de valenciana, acompañadas de los «majorals», que casi siempre son grupos de amigos.
Juntos recorren algunas calles del pueblo, encabezando todo las dos obreras solteras, mientras que sus comitivas de mayorales llevan los macetones de las albahacas en carritos que van empujando, al tiempo que otros chicos avientan kilos y kilos de confeti al público y los festeros.
Son alrededor de 40 enormes plantas las que llevan los mayorales, las cuales miden más de 2 metros de altura, 4 de ancho y son sostenidas por cañas envueltas con cintas de colores, rematadas con flores.
Dichas plantas se cultivan desde abril en los huertos del ayuntamiento, donde son muy cuidadas y hasta resguardadas, pues no toda persona puede acceder al sitio por aquello de que puedan contagiarlas con alguna enfermedad y se mueran.
En el recorrido, las obreras solteras se hacen acompañar por un amigo que es conocido como el «sombrerillero», quien va a su lado como «guardián» y protege a la chica del sol y del confeti, con una coqueta sombrilla bordada a mano, especialmente para la ocasión.
La obrera es como una «muñequita» que los ciudadanos deben cuidar, admirar y aplaudir y de acuerdo a la tradición, en su paso hace paradas porque la gente le pide hacer la “¡volteta y el peuet!», mismas que luego le aplauden.
Al llegar a la iglesia en que se hace la ofrenda, los mayorales empiezan a meter las albahacas, que se colocan en las capillas laterales, mientras, en el exterior, en un pequeño foro cuyo pared de fondo tiene mosaicos pintados que representan la fiesta, las obreras solteras reciben a las obreras casadas, quienes vestidas de “clavariesa” con traje negro, teja y mantilla, las saludan para luego colocarles una mantilla blanca, antes de entrar a la iglesia.
De ahí sigue la ofrenda, que también resulta tan emotiva como impactante lo es la “cordà” que se realiza a medianoche de ese mismo día y que consiste en encender una cuerda colocada en varias calles, de la cual penden cohetes borrachos y hembras, haciendo que los estruendos de ésta resulten muy fuertees. Eso sí, muchas casas protegen sus fachadas con tela mosquitera porque el cordón encendido las daña.
Son tantos los detalles y elementos que se dan en este tipo de fiestas patronales, que a veces resulta complicado transmitirlo todo en pocas palabras, pero las imágenes son el mejor reflejo de que España tiene todavía mucha tradición en cualquier rincón que se visite.