España, entre la vida y la muerte

La crisis sanitaria que vive España empieza a dar lecciones a sus ciudadanos y dejará más cuando ésta empiece a mitigar. Un país tan dividido histórica e ideológicamente, para sorpresa de sus mismos ciudadanos y del mundo entero, está haciendo patria desde el pasado 14 de marzo en que el Gobierno decretó el Estado de Alarma por el brote del COVID-19.

Las alarmantes cifras hasta hoy 1 de abril de poco más de 8,200 fallecidos y de 95,000 contagiados reflejan cada vez más la vulnerabilidad de una sociedad de contrastes, no tanto socioeconómicos sino morales, que ha presumido muchas veces de moderna y avanzada, pero que curiosamente sigue muy anclada a su pasado histórico que no olvida y que lo tiene presente aún en serios momentos, como esta crisis de salud que vive.

Un sencillo ejemplo de esto es el hecho de que un ciudadano se atreva a poner a todo volumen el Himno Nacional o la bandera española desde el balcón de su piso, donde tiene días confinado, para que despierte la ira y el resentimiento de un vecino que no se frena en gritar su desacuerdo porque esos símbolos no lo representan y le recuerdan la difícil dictadura vivida.

A raíz del aislamiento que ha empezado ya su tercera semana como parte de la ampliación que determinó el Gobierno, muchos ciudadanos están aprendiendo el concepto de comunidad, encerrados en sus hogares desde donde cada día muestran gestos y actitudes de solidaridad, apoyo, sacrificio y reconocimiento, pero sobre todo de responsabilidad en un hecho que compete a todos.

El número de muertes y contagios no deja de aumentar. Es una España entre la vida y la muerte. Ha dado paso al caos y a la pesadilla con los que la ciudadanía se duerme y se despierta cada día. El Gobierno está desbordado. No tomó decisiones a tiempo y cuando éstas llegaron, la logística no fue la indicada.

Una Sanidad Pública desbordada

El personal médico de la Sanidad Pública de España se ha visto desbordado desde el principio y lo sigue estando. Lo enviaron a una guerra bacteriológica sin armas ni formación, ante una crítica pandemia que no ha escatimado en llevarse muchas vidas, sobre todo de la generación de abuelos que en su infancia vivieron una Guerra Civil, padecieron una post guerra, sufrieron una dictadura y que ahora se están muriendo en soledad en residencias, hospitales o incluso en sus propios hogares, sin que sus familiares les den el último adiós.

Foto: Massimiliano Minocri / El PaísLa Sanidad Pública española, esa que los mismos gobiernos que ha tenido el país se han jactado de decir que es la mejor del mundo, ha mostrado en esta crisis sanitaria lo frágil que es, sobre todo desde que la crisis económica de 2008, en que el gobierno en turno de Mariano Rajoy, le recortó presupuestos y promocionó la sanidad privada que, en estos momentos de tensión sanitaria, participa más con equipo que con personal en la atención de pacientes, dejando todo el problema a la Sanidad Pública.

Los hospitales y centros de Madrid viven una lucha de poderes entre el gobierno local y el central. Siendo a nivel nacional la ciudad con más muertes y contagios, ha tenido que tomar sus propias decisiones y medidas sanitarias con un reducido apoyo económico del gobierno de Pedro Sánchez, para ayudar a un personal sanitario rebasado, que hace su trabajo sin suficiente equipo y material de protección, como simples mascarillas, guantes, batas, respiradores y test, y que ahora, penosamente, también registra un porcentaje preocupante de contagios.

Como presidente y líder de esta crisis sanitaria, posiblemente Sánchez ha cometido errores de plazos en medidas, decretos y decisiones, pero ha estado al frente dando prioridad a la salud e intentando proteger la economía, concretamente el empleo.

Sin embargo los partidos de oposición como el Partido Popular y Ciudadanos, de derecha, y Vox, de extrema derecha, que lo han apoyado desde un principio, más que nada orillados ante el drama social que se vive, pronto han visto un filón político para arañar unos pocos votos a futuro.

Todo está desbordando a todos. Nadie esperaba una pandemia de esta magnitud. Nadie esperaba una España entre la vida y la muerte. Y lógico es que en situaciones así surjan fallos. Un ejemplo de esto es la compra de test rápidos para detectar el coronavirus que, luego de días de espera, llegaron precedentes de China, pero salieron defectuosos.

De una compra total de 640,000 test comprados a una empresa de ese país a través de un distribuidor español, se detectó que la fiabilidad de 58,000 no cumplían los parámetros exigidos por el sistema sanitario. El Gobierno no tuvo más alternativa que regresar las 58,000 pruebas, mismas que serán respuestas.

La tragedia entre la risa y el llanto

No resulta fácil digerir lo que cada día cuentan los noticieros: errores logísticos del Gobierno en sus medidas; personal sanitario cada vez más agotado y necesitando de manos para rescatar vidas; una gran cantidad de ancianos muriéndose en residencias; de personajes famosos, de miembros de cuerpos de seguridad, incluso de empleados sanitarios entre los cuales se registran cada vez más contagios.

En la clase política también ha habido infectados, pero hasta el momento todos han salido librados del virus, para sorpresa de muchos ciudadanos.

Los balcones en el confinamientoLa psicología del español ha ido cambiando en este confinamiento. Los primeros días las redes sociales se saturaron con el envío de memes, imágenes y videos con chistes alusivos al paseo diario de perros, a la salida para tirar la basura en los contenedores, a las “excursiones programadas” en casa.

Era necesario reír para ir asimilando el encierro. Estaban aprendiendo a reírse de su propia tragedia. Ahora, en el inicio de esta tercera semana de aislamiento, los ciudadanos viven sentimientos encontrados: miedo, ansiedad e incertidumbre de lo que realmente está sucediendo fuera de sus hogares.

El estilo de vida social del español se paró en seco. El bullicio que se vivía por las mañanas en los bares donde se servían almuerzos como el típico bocadillo de calamares con patatas bravas, una caña, un carajillo y para terminar, un cigarro o puro, se han silenciado.

Los parques lucen solos y están precintados. Ahí ya no se ven niños correteando y menos a los “iaios” (abuelos en lengua valenciana) que de tarde en tarde los cuidan luego de haberlos recogido en las escuelas.

Desde los balcones, los españoles han ido reinventando su vida diaria. Cada noche salen a aplaudir por un motivo: agradecimiento al personal sanitario porque está dejando la piel en salvar vidas o cacerolazos al gobierno por los errores en su gestión.

En las calles de grandes ciudades como Madrid, Barcelona y Valencia, ahora reina un silencio que asombra, duele y asusta. La contaminación ha disminuido y al parecer ciertos animales están apareciendo en las calles de ciudades.

En las redes sociales hay videos que hacen constancia de esto, en los que se ven jabalíes y pavorreales caminando por ciertas calles de la capital del país. Es como si el hábitat natural volviera a recuperar lo que el ser humano le arrebató.

Cambia, todo cambia en España

En los pueblos de esa que llaman la “España profunda”, la olvidada por muchos, también el letal virus se ha hecho presente. Justo ahí, en el pueblo más recóndito y asilado del territorio, conviven las altas tecnologías y la sociedad de la información, mientras que paradójicamente en otra población cercana, sus habitantes viven anclados en un pasado que no les deja mirar hacia el futuro. Sin duda alguna, España también es un país de contrastes.

El Gobierno no se cansa de repetir que vienen tiempos más difíciles, no sólo a la salud, sino a la economía. La primera fase del confinamiento no fue suficiente para controlar la pandemia con el cierre de escuelas, universidades, gran parte del comercio, incluidos restaurantes, bares y hasta iglesias.  Así que a partir de esta semana se endurece el confinamiento de 47 millones de españoles.

Es importante la limitación total de movimientos de ciudadanos, salvo la de trabajadores de actividades esenciales como alimentación, agricultura, ganadería, explotación forestal, (madera), combustibles y farmacéuticos. Queda prohibida la circulación de personas o vehículos en todos lados, a excepción de determinadas circunstancias, como el ir a comprar medicamentos y alimentos.

Desinfectando calles por el coronavirusEn las calles y carreteras el movimiento ha disminuido drásticamente, sólo lo necesario: transporte urbano, de carga y pocos, muy pocos coches. Ahora se ven vehículos con miembros del Ejército, Policía y Guardia Civil que ante el incumplimiento del decreto, están aplicando severas multas por no justificar algún desplazamiento.

Los Ayuntamientos de ciudades y pueblos desinfectan calles apoyados en tractores con pulverizadores agrícolas. La gente ve esto desde sus ventanas. Imposible no pensar que lo que se vive es “como de una película”.

Los españoles ya se han dado cuenta que lo que tienen encima no es una crisis sanitaria pasajera. Para nada. Es una verdadera pesadilla en la que muchos ciudadanos están perdiendo a sus padres y abuelos, incluso familiares y amigos de edad madura.

Aunque no faltan aquellos inconscientes y tramposos que se saltan el orden y rompen reglas, paseando al perro a uno o dos kilómetros de casa, o tirando la bolsa de basura en el contenedor más lejano, con tal de caminar un poco. ¡Eso no se puede hacer! Ahora los desplazamientos tienen sus límites de distancia en España.

Pero el español tiene sangre latina, es tramposo, desobediente, rebelde, hace sus triquiñuelas y al final las empieza a pagar con infracciones altas, o con días, semanas, meses o años en las celdas.

No es nada alentador el panorama que se vive en España. Seguramente en los próximos días habrá más muertes, contagios, dolor, miedo, pánico, ansiedad, desesperación, depresión. Habrá una revolución de sentimientos encontrados. Cada ciudadano necesitará reencontrase consigo mismo, con su familia, sus amigos, sus vecinos. Aprenderá a fortalecer la unión en muchos ámbitos. A valorar la vida, la salud. Habrá que aprender tantas y tantas lecciones.

Hay quien dice que esto que se vive es similar a lo de una guerra mundial, sólo que ésta es una guerra bacteriológica en pleno Siglo XXI, en que ni todo el avance de la tecnología y la ciencia impiden ver que el ser humano sigue siendo vulnerable.

Algún día la pesadilla habrá terminado, pero no se olvidará. Estará presente en la historia de España, de cada persona y seguro se recordará como una anécdota amarga en la que se reirá por los buenos momentos vividos en el encierro, pero también se llorará por los ausentes. Los amigos se volverán a encontrar en “el bar de Manolo” para pedir los bocadillos típicos con su caña y su cortado. Aun así la vida no volverá a ser la misma para los españoles luego de esta terrible pandemia.

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