¡Adiós, Sorolla!

¡Adiós, Sorolla!

Hace dos años Joaquín Sorolla regresó a su país, España, para reencontrarse con su tierra, su gente y su pasado… un pasado conocido por ciertas generaciones, pero desconocido por otras.

Lo ideal sería decir que “llegó para quedarse”, pero ésta no es la realidad, porque en unos días más emprende su regreso al sitio que lo buscó en un momento importante de su vida: Estados Unidos, país del que difícilmente volverá a salir.

La visita a su natal España, particularmente a Valencia, la ciudad que lo vio nacer, fue, además de anunciada, muy esperada y preparada, tanto que una vez que llegó, cautivó a sus paisanos valencianos, impresionó a sus admiradores de otras Comunidades y enamoró a los turistas extranjeros, ante quienes se presentó en los últimos 48 meses en diferentes sitios.

A los valencianos les queda sólo un día para ver su obra, jueves 28 de enero de 2010; a Sorolla, pocos días para dejar su patria y su ciudad natal. Seguramente para muchas personas será una pena despedirse de él, porque aunque saben que Sorolla les pertenece, una parte suya no volverá, ya que al igual que la Virgen de los Desamparados, patrona de la ciudad, éste es otro de los grandes orgullos valencianos.

La historia de Sorolla es tan rica como atractiva en vivencias. Es de esas vidas que en otro siglo no era fácil recorrer mundo, pero él lo hizo porque se atrevió, tuvo visión de emprendedor y en su camino encontró bondades e injusticias; defendió ideales y talento. Fue una vida que supo fusionar luz, color y sensibilidad para transmitir más allá de una emoción, un sentimiento.

Es así como este pintor valenciano, de estilo impresionista y además retratista, regresó a Valencia en 2007 a través de su obra cumbre, esa que no era conocida en España y que confirmó su grandeza como artista, gracias a la exitosa muestra itinerante que hizo por varias ciudades, partiendo de Valencia para seguir por Sevilla, Málaga, Bilbao, Barcelona, Madrid y luego regresar a su ciudad natal, en un gesto de despedida final.

Se trata de “Visión de España”, una exposición compuesta por 48 obras realizadas a lo largo de su vida, entre las cuales figuran precisamente 14 lienzos de enorme tamaño, que por la forma cómo fueron concebidos no eran conocidos en España y convirtieron a Sorolla en un pintor excepcional.

UN CONTRATO CON HISTORIA

Entre 1911 y 1919, época en que ya era conocida su obra en Estados Unidos y por encargo de Archer Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, con sede en Nueva York, Sorolla firma un contrato para realizar murales que reflejen la vida cotidiana de toda España. Esto con el fin de que dichos paneles decorasen las salas de la institución.

Visión de España” toma forma con los viajes que el pintor realiza por casi todo el país, haciendo bocetos de momentos cotidianos en la vida de cualquier comunidad, plasmándolos luego en enormes lienzos que reflejan tradiciones y costumbres españolas.

Entre estos figuran cuadros en los que sin ser experto en arte, uno ve inmediatamente el gran manejo de la luz que Sorolla imprimía a cada obra, pero sobre todo la bien lograda ambientación de cada sitio.

En 2007 la muestra se hace realidad en España, gracias a que coinciden varios aspectos: primero, que la institución cultural que la trajo, Fundación Bancaja, quería organizar una buena exposición y, segundo, a que un conocido promotor cultural, Felipe Garin, ex director de varios museos, entre ellos El Prado, de Madrid, propone traer los paneles, idea que al principio pareció “descabellada” por las complicaciones del traslado de un continente a otro.

El mismo Garin contacta con la Hispanic Society, entabla conversaciones que terminan autorizando el traslado, sobre todo luego de que Bancaja ofrece pagar los costos, bajo el compromiso, además, de restaurar los cuadros que desgraciadamente estaban descuidados en el mismo edificio.

La propuesta le cae como anillo al dedo a la Hispanic, que en ese entonces buscaba sitio en Nueva York para guardar las obras, con la idea de hacer reparaciones en las salas en que estaban expuestas.

Los trabajos de restauración, encabezados por Garin como comisario de la obra, se realizan en la misma ciudad neoyorkina, a donde se trasladan especialistas. Luego de meses de trabajo, los paneles de Sorolla llegan finalmente a Valencia en noviembre de 2007, en un avión especial y en un marco de mucha seguridad para ser presentadas ante la comunidad valenciana, la cual los esperaba con mucha expectación.

Algunos de los lienzos son tan grandes que miden de alto 3.5 metros por 7 e incluso 14 metros de largo. Para su traslado, unos tuvieron que desmontarse de los bastidores y ser enrollados con mucho cuidado. El avión contó con una temperatura especial que permitió que la obra se fuera adaptando al clima mediterráneo que iba a encontrar.

Fue tan buena la acogida de esta muestra y el impacto que tuvo en España, que en todas las ciudades donde se presentó registró una gran afluencia de visitantes, pero en las dos presentaciones en Valencia la asistencia fue mayor, ya que en estos últimos días sumó la cantidad de poco más de 2 millones de personas.

En el Museo del Prado, en Madrid, ciudad donde además hay un museo dedicado a Sorolla, la respuesta a la obra fue más que buena. Tal parece que así como otros artistas de gran talento resurgen con el paso del tiempo, el pintor valenciano vivió en su tierra un fenómeno único, pues hasta las tiendas de museos editaron libros, pósters y artículos que fueron bien vendidos.

Todo el tiempo que estuvo expuesta la obra en Valencia, las filas para verla se hacían desde primera hora de la mañana, lo que obligó a Bancaja a programar horarios nocturnos los fines de semana.

En lo personal y por puro gusto me acerqué tres veces a ver la obra y en cada visita la disfruté más. Si algún cuadro me impactó mucho fue “Triste herencia” (1899), que aunque no es un panel, es sobrecogedora porque muestra a un grupo de niños huérfanos tullidos en una playa de Valencia y que -según cuentan en la visita guiada- Sorolla le pidió autorización al sacerdote que cuidaba de ellos para pintarlos en un lienzo.

De los paneles el que más me sorprendió por su enorme tamaño y la gran cantidad de elementos que maneja, fue “Castilla. La fiesta del pan”, que refleja una celebración a lo grande, como también lo hace “Sevilla. Semana Santa: los Nazarenos” que deja ver las famosos procesiones que se realizan todavía en esa ciudad.

Da Valencia, Sorolla dio color a “Las grupas”, que descubre una fiesta tradicional en la que la bandera de la Comunidad Valenciana toma forma de estandarte, y que exhibe un producto representativo de aquí, la famosa naranja valenciana. También hay trabajos hechos sobre los toreros, los bailes sevillanos, las jotas y la tradicional pesca en Cataluña y Huelva.

En fin que para muchos valencianos –y los que no lo somos- es una pena que parte de la esencia artística de Sorolla se tenga que ir de España, porque como bien declaró a los medios el conservador jefe de la Hispanic Society, Marcus B. Burke, esta colección “sería como la Capilla Sixtina del regionalismo español” por considerar que “es una celebración de lo español, de lo castizo, de la cultura hispana”.

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