Es así como recuerdo a mi madre…

Pasaban los años y yo observaba —con sorpresa— que cuando la recordaba, hablaba de ella con mucho amor y respeto, pero con una gran tristeza por su ausencia. Le lloraba y le extrañaba, como si su partida hubiese sido muy reciente.

A mis hermanos y a mí –juntos o separados– nos hablaba de ella; de cómo fue, de cómo criaba y educaba a tantos hijos que tuvo (¡nada menos que 15!), de su carácter fuerte y estricto, de lo trabajadora que fue y de cómo enfrentó la vida cuando su esposo murió, quedándose sola con tantos hijos, unos casados y otros más en casa.

Una guerrera para esos tiempos que, con valor, fuerza y coraje, supo sacar adelante a una familia muy numerosa.

Nos contaba historias y vivencias a su lado, unas duras y otras divertidas. Los tiempos eran otros y daban para todo.

Así como sonreía inmersa en sus recuerdos, también lagrimeaba cuando ella venía a su memoria. Le hacía falta, la necesitaba. Nunca lo dudé. Aun siendo madre, con seis hijos y algunos nietos… ¡la extrañaba! No hacía falta que lo expresara para intuirlo.

Cuando la mencionaba yo siempre la escuchaba atenta, callada y no dejaba de mirarla. A veces, al ver sus ojos llorosos, intentaba expresarle algunas palabras de consuelo, pero no lo sabía hacer, y ella, por su condición de madre, acababa consolando mi pesar por no saber reconfortarla.

Mi inexperiencia ante la muerte –dado que en esa etapa yo no había vivido muertes tan dolorosas– me llevaban a preguntarme internamente: “¿tanto se extraña una madre luego de años de muerta?”.

Era una pregunta que constantemente me hacía cuando la recordaba a su manera. No entendía eso, y no porque pensara que una madre fallecida se olvida con el paso de los años. ¡No! Simplemente me sorprendía ver el dolor por la falta de su madre, a la vez que ella ya se había convertido en abuela.

Y esto fue no solo en los primeros años de fallecida mi abuela, sino siempre, incluso hasta en los últimos años de vida de mi madre.

Yo era muy joven en ese entonces y no asimilaba quizá muchas cosas de la vida, entre ellas la muerte de una madre, como ahora lo asimilo.

Cada 26 de febrero se cumplen años de la partida de mi madre. Con el tiempo he comprendido perfectamente el sentir de ella por su madre ausente, porque igual me pasa a mí con ella: siempre está en mi corazón y mis pensamientos, pero el dolor de su ausencia no deja de estar presente nunca en mi interior.

Creo que no hay edad para seguir necesitando el abrazo de una madre y encontrar ese consuelo y amor que solo sus brazos nos dan.

Yo podré ser mamá, tener hijas, abrazarlas y que ellas me abracen, pero tenga la edad que tenga, me doy cuenta que sigo y seguiré necesitando los abrazos de mi propia madre.

La extraño y la recuerdo bastante. Su partida, a un año, a dos, a tres… a tantos, no aminora el amor que sigo sintiendo por ella, ni el recuerdo de la gran mujer y madre que fue para mí. Sin duda alguna se siente el gran vacío que deja una madre y que nada ni nadie llena nunca.

Recuerdos de mi madre

Siempre la recuerdo como una mujer noble, positiva, trabajadora y muy devota de la Virgen del Perpetuo del Socorro, a quien le tenía mucha fe, le rezaba oraciones y novenas. Estaba muy agradecida con ella, pues varias veces mi hermana menor estuvo a punto de ahogarse siendo bebé. Sus peticiones fueron escuchadas, tanto que en su honor le puso el nombre de Socorro. Creo recodar que su fe por esa virgen se la inculcó su madrina Carmen, de quien tenía muchos recuerdos y nos compartía vivencias a su lado.

Durante varios años –cada 27 de junio– día en que se conmemora a la Virgen del Perpetuo del Socorro, organizaba a lo grande una misa en la iglesia de mi pueblo, Santa Bárbara, Chihuahua, para la cual contrataba mariachis que le cantaban a la virgen.

Con el permiso del sacerdote en turno, decoraba parte del altar con un cuadro de la virgen y con lienzos de tela blanca, tul y arreglos florales. Algún año colocó también un estandarte con la imagen de la virgen bordada, que mandó hacer –nunca supe dónde ni con quién– y que siempre tuvo en su habitación. Al final de la misa, mis hermanas y yo repartíamos a los asistentes estampitas de la virgen, como recuerdo de ese día. Quedaba todo muy bonito, la verdad que sí.  Y mi mamá se veía satisfecha y contenta, pues un año más había cumplido con su Virgen del Perpetuo Socorro.

Ante todo emprendedora

Era una mujer trabajadora y emprendedora. Le gustaban el comercio, las ventas y lo hacía muy bien, aunque cocinar no le agradaba tanto (ella misma lo decía) y sin embargo hacía ciertos platillos que le quedan muy sabrosos y que seguro han quedado en los recuerdos de mis hermanos, como los chiles rellenos, el arroz con leche, la capirotada, incluso algo tan sencillo como los frijoles… Los guisaba de tal manera que ¡le quedaban buenísimos!

Pero si algo destaco, presumo o comparto siempre de mi madre –y lo digo con orgullo– es que fue una mujer emprendedora y luchona, para quien no había obstáculo alguno cuando quería emprender algo, sobre todo relacionado con el comercio.

Durante muchos años –creo que treinta o poco más– abrió junto con mi padre, recién casados, una panadería, en la cual nunca dejó de trabajar desde temprana hora y hasta muy tarde del día, sumando semanas, meses y muchos años de trabajo. Fue un gran apoyo para él, con quien empezó desde abajo, abriendo un comercio, creando otros, adquiriendo bienes inmuebles y propiedades en el campo. Juntos labraron una vida de mucho esfuerzo, trabajo y generaron también empleo.

Cada vez que me refiero a ella como una mujer emprendedora, me encanta recordar una anécdota que me contó de su niñez, la cual reflejaba, sin duda alguna, que desde pequeña le gustaban las ventas.

Tenía entre 12 y 13 años –si mal no recuerdo– cuando un día le pidió permiso a su madre (mi abuelita Ventura) para poner una mesita afuera de su casa, con la idea de vender dulces y «chucherías», a fin de reunir dinero. A su madre no le convencía mucho la idea, porque sabía que eso no le iba a gustar a su padre (mi abuelito Jesús).

Eran otros tiempos y eso de que una hija vendiera dulces afuera de la casa, no era muy del agrado de su padre. Aun así convenció a mi abuelita y, con el apoyo de ella, compraron bolsas de dulces, montó su mesita en el exterior de la casa y empezó a vender. Eso sí, abría su «tiendita» cuando su padre se iba a las labores del rancho, que lo tenía lejos de casa y, cuando se acercaba la hora del regreso, recogía su «chumulquito», como le decía ella a las tiendas en pequeño.

Lo más bonito y loable de esta historia, es que el dinero que iba reuniendo con la venta de los dulces era para ayudar a sus padres a contratar la instalación de la luz, cuyo servicio todavía no tenían en casa, dado que en aquel entonces muchas casas se alumbraban con lámparas de aceite o velas. Esta idea de la luz solo la sabían su madre y sus hermanos mayores, de los cuales ella fue la tercera.

Me contó que un día, casi de noche, llegó su padre del rancho, entró a la cocina y todo estaba obscuro. Sus hermanos mayores, ella y su madre se mostraban inquietos, contentos y mi abuelito, al verlos medio revueltos, con un rostro seco les preguntó «qué se traían entre si». De pronto movieron un objeto en la pared, a manera de contacto y se iluminó la cocina. ¡Ya tenían luz en casa! para sorpresa de mi abuelito, quien solo expresó «¿y esto?». Las reacciones de ese momentos fueron de alegría para los ahí reunidos.

¡Ese fue un logro de mi mamá! Gracias a su iniciativa y a su actitud emprendedora, vendió golosinas con la idea de reunir dinero para poner la luz en su casa, aunque al abuelito al parecer no le hizo mucha gracia.

Así era mi madre, una mujer emprendedora y de mucha fe que, pese a circunstancias difíciles que también le tocó vivir, nunca decayó, por el contrario, siempre supo levantarse, seguir adelante y ser un apoyo no solo para mis hermanos, mi padre, incluso para sus nietos, nueras y yernos. Para todos, en diferentes circunstancias y momentos complicados, acertaba al expresar siempre «con ánimo y devoción».

También fue un gran apoyo para sus catorce hermanos, con quienes siempre tuvo muy buena relación, incluso para su madre Ventura a quien, cuando visitaba, siempre le llevaba algo, prueba de su amor grande e incondicional.

Hay tantos y tantos recuerdos y anécdotas que tengo de mi mamá, como seguramente mis hermanos tendrán los suyos, pero es imposible citarlos todos aquí, pues cada uno guarda en su memoria y corazón remembranzas diferentes.

Lo cierto es que cuando a solas cada uno la recordamos, experimentamos una mezcla de sentimientos, pues lo mismo sus recuerdos nos arrancan una sonrisa, como nos provocan algunas lágrimas.

Yo me siento orgullosa de haberla tenido como madre y de tener, además, una hija que lleva su nombre: Inés.

Para ella, su madre fue un ejemplo; para mi, ella lo ha sido y lo será siempre..

Es así como yo recuerdo a «mi Nechi».

4 comentarios en “Es así como recuerdo a mi madre…”

  1. Las lágrimas me invadieron empezando con la lectura, yo siempre he dicho que nunca se es demasiado viejo para presidir de una madre, un día cuando estaba entre los 20 años, entre tribulaciones y problemas no pude y llore mientras platicaba con mi Cuca y me dijo que te falta si tienes a tu madre? Y me sacudieron sus palabras, efectivamente no me faltaba nada y yo llorando por banalidades.
    Hermosas palabras y todas ciertas, mi tía era una mujer admirable, recuerdo como jugaba con sus pulgares mientras estaba sentada en la estambrería, siempre viven en nuestro corazón.

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  2. Gracias por compartir ese momento personal al lado de tu mamá Cuca, Adriana. Certeras palabras que sacuden: «¿qué te falta si tienes a tu madre?». ¡Abrázala, cuídala, mimala, pero sobre todo vívela! Y sobre el recuerdo que tienes de mi mamá, tienes razón: ¡cómo olvidar la manía que tenía de jugar con sus pulgares siempre! Son tantas las cosas que recuerdo de ella que, como dije en el post, imposible escribirlas todas, pero tengo también muy presente el gran amor de hermana que le tuvo a mi tía Rosa, tu abuelita. ¡La quería cómo no te imaginas! Y es que ambas fueron no sólo hermanas, sino amigas y cómplices de muchos momentos de sus vidas. Se ayudaban, se apoyaban y siempre estaban ahí, para escucharse la una a la otra y darse aliento en lo que fuera necesario. En fin… Gracias por tu comentario. ¡Saludos hasta Juaritos!

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  3. Los pedazos de vida que hacen precisamente que se viva… Gracias por escribir un pedazo de tu corazón. El mío se conmueve con tus palabras. ¡Gracias!

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