La decisión de emigrar…

La decisión de emigrar…

Se dice fácil: hacer maletas, tomar el avión y emigrar a otro país para vivir nuevas experiencias como estudiante,  trabajando en lo que sea, o bien, empezando un proyecto de vida con otra persona.

Pero no es así de fácil como se dice.

Emigrar implica tantas y tantas cosas que, cuando uno toma la decisión de irse a otro país, no imagina lo que se va a encontrar, menos qué tanto le va a cambiar la vida, sobre todo cuando en la maleta se echan sueños e ilusiones por el inicio de una nueva vida que implica una realización personal y, por qué no, hasta profesional.

El cambio es brutal: otra cultura, otras costumbres, gastronomía diferente, estilo de vida, clima, otra forma de ser de la gente, nueva familia, nuevas amistades, incluso cambios de palabras en el vocabulario, porque aunque se hable castellano, éste tiene sus diferencias.

Tantas y tantas cosas cambian en nuestra vida cuando uno emigra que, algunas resultan buenas y positivas, pero otras son difíciles y negativas.

Es ahí -justo cuando uno hace un balance- en que inevitablemente surge la pregunta que hace pocos días me hizo un amigo: que si me arrepentía de haber emigrado de mi país.

No dudé en decirle que sí… Emigré porque me casé con un español, con quien tengo una hija, y hasta aquí todo bien. Me vine por amor, como muchas mujeres de otros países que se enamoran de un español y deciden dejar todo por una nueva vida.

Sin embargo una cosa es el amor y otra es la realidad que vas viviendo en el nuevo país. Así que no tengo empacho en afirmar que “sí me arrepiento” de haber dejado mi país, porque allá estaba mejor de lo que estoy ahora aquí.

Esto es algo que no se lo creen muchos españoles cuando te hacen la pregunta de “si te arrepientes de…”, porque consideran que España es un país que “está muy bien”, o porque desgraciadamente, ante la ignorancia de muchas personas que sólo conocen lo que tienen enfrente, creen que todos los inmigrantes vinimos huyendo de la “pobreza” de nuestros países. Idea que no es aplicable a toda persona.

No dudo -porque lo sé- que muchos inmigrantes han dejado sus países en busca de oportunidades laborales y de mejores condiciones de vida que las de su país, pero no todos los que vinimos a España estamos en la misma situación.

Sin embargo todos tenemos que pagar de alguna manera el precio de haber emigrado.

La crisis

Y puede que España ofrezca mejores condiciones de vida que otros países de América, en cuanto a bienestar, seguridad, educación, sanidad y otros temas se refiere. Puede ser, pero cuando la crisis reventó, todos esos beneficios se vieron alterados de tal manera que afectaron no sólo a la sociedad española, sino también a la clase inmigrante, a la que se le cerraron no sólo oportunidades de trabajo, sino de un futuro en este país, de tal manera que muchos no dudaron en regresar a su país de origen, o aceptar aquí cualquier tipo de trabajo, si es que lo encontraban o se los daban.

La crisis económica no sólo vino a sacudir sectores como la construcción y los medios de comunicación, que son los que en mi caso me interesan, sino que vino a desestabilizar familias, vida social y a obligar tanto a nativos como a inmigrantes a aceptar cualquier tipo de trabajo, mal pagado y en malas condiciones, o a orillarnos a regalar nuestro trabajo, para “hacer méritos” con miras de ver si nos tomaban en cuenta para un puesto.

Y esto no sólo ha pasado a los españoles, sino a emigrantes profesionistas con un amplio currículum y trayectoria en sus propios países -entre los cuales me incluyo- que han tenido que incursionar en otro tipo de trabajos, que seguro jamás habrían hecho en su propio país.

Mi caso personal seguro es como el de muchos extranjeros que, aún teniendo título universitario y homologado en el país de residencia, hemos tenido que incursionar en trabajos que quizá nunca habríamos realizado en nuestro país. Y no lo digo de manera despectiva, que quede claro, simplemente que no los desempeñamos allá.

No sé los demás, pero yo reconozco que en cierta manera sí me arrepiento de haber dejado mi país, porque mi vida profesional se ha visto frenada, hasta cierto punto, en un país donde he tocado muchas puertas y ninguna, dignamente, se me ha abierto.

A tal grado –cito como ejemplo concreto- que una entrevista que tuve con el director de un diario valenciano, me sorprendió cuando me dijo que “mi problema para darme trabajo era…. ¡mi castellano!”.

Ni mis años de experiencia, ni la homologación del título, ni la disponibilidad personal, ni nada de nada valieron para que el director de ese diario me diera una oportunidad, aun cuando él mismo autorizó en algunas ocasiones que se me publicaran varias entrevistas que llegué a hacer de otra empresa donde trabajé como voluntaria y que se las ofrecí a esa empresa periodística, la cual las publicó de manera gratuita.

Me pareció incongruente su argumento, sobre todo porque yo no solicitaba trabajar la nota dura, donde sé que el valenciano -lengua que no domino-, sería el primer inconveniente, pero aún así, había secciones en las cuales se trabaja el periodismo a otro ritmo.

Experiencias

Después de este intento, vinieron otros más en otro tipo de empresas, pero ante la negativa (o mala suerte), entendí que en tiempos de crisis, a quienes primero les darían una oportunidad serían a las personas originarias de la ciudad, que también están necesitadas de trabajo.

Decepcionada por ver que mi búsqueda de trabajo no tenía frutos, empecé a buscar empleo en lo que fuera, lo que quería era trabajar, ganar mi propio dinero, sentirme útil. Motivos para no darme una oportunidad hubo varios: cualificada de más para ciertos puestos y el valenciano no lo hablaba (que no en todos los trabajos lo piden tampoco). Lo que haya sido… ¡suerte no ha habido!

Me cansé de estas experiencias y me empecé a dar cuenta que la decisión de emigrar la estaba pagando y muy caro. Sin embargo seguí en la búsqueda de empleo, a veces tranquila y otras veces desesperada, tanto que un día no me importó dejar mi currículum en una empresa de limpieza de oficinas.

“Sería una ironía que de ahí sí me llamasen”, me dije. Cuál va siendo mi sorpresa que sí, que me llamaron. Acudí a la entrevista. El dueño de la empresa repasó mi currículum y sorprendido dijo, a manera de disculpa, que el sueldo era poco y que le sabía mal dar trabajo a una profesionista con la trayectoria que yo tenía.

Tuve que decirle que esa trayectoria en España no me había valido de nada y que “así como sabía usar un ordenador, sabía también limpiar una oficina”.

Quedó en llamarme para ver si había algo por la zona donde vivo. No se tardó ni dos semanas cuando me llamaron para informarme que me daban trabajo para limpiar oficinas en polígonos cercanos a mi zona.

Acepté porque soy luchona y porque necesitaba sentirme activa fuera de casa. Aunque debo reconocer que no fue fácil hacerlo. Confieso que fueron días que con escoba o fregona en mano y lavando baños, tanto de hombres como mujeres, las lágrimas me invadían de la rabia, de la decepción, de la frustración, sobre todo al recordar el nivel profesional que tuve en mi país y lo que estaba haciendo ahora en éste.

No pude evitar pensar en mis padres. “Si ellos supieran lo que hacía, seguro que no les agradaría”, pensaba. Sin embargo intenté verlo con otros ojos, lo hice lo mejor que pude, pese a que tenía un sueldo indigno, incluso para quienes durante mucho tiempo se han dedicado a este tipo de trabajos. Los 5 euros por hora que pagaba la empresa, me parecieron no sólo una burla, sino una falta de respeto al trabajador en sí.

Aguanté seis meses, porque tampoco estaba dispuesta a quedarme ahí toda la vida. Iba de una empresa a otra. En unas, el personal me recibía bien y me trataba dignamente, en otras me veían como una inmigrante que venía de fuera sólo para limpiar. A veces disfrutaba esas reacciones de la gente, tan llenas de prejuicios, porque me hacían reafirmar mi fortaleza y me indicaban que eso sólo era un aprendizaje más de vida.

La experiencia daba como para escribir un reportaje, sobre todo el día que me despedí de dos encargados de empresas pequeñas, a quienes les limpiaba sus respectivas oficinas. Les di las gracias por sus atenciones, les informé que era periodista y que estaba en búsqueda de trabajo. Les ofrecí mis servicios profesionales como gestora de redes sociales, trabajo que sé hacer, porque casualmente ni una ni otra empresa estaban en redes sociales. Se quedaron sorprendidos y aceptaron mi currículum, sin que luego hubiera nada.

A estas dos experiencias laborales le sumo trabajos de limpieza en casas; apoyo como camarera en el restaurante de un hotel, donde por cierto aprendí mucho; voluntaria en dos empresas de emprendimiento social, donde tuve la coordinación editorial haciendo una revista online, encargándome del mantenimiento del blog y de una red social; redactora de portales en los cuales tenía que refritear noticias de otros sitios que, por supuesto, eran pagadas en pocos euros y redactora de artículos para blogs de empresas, trabajo que actualmente hago. Es decir… ¡de todo, como en botica!

Este camino laboral, sin duda alguna, ha reafirmado mi arrepentimiento por una decisión quizá mal planeada, porque aunque me vine a España por amor, la realidad de la vida diaria en este país, con una crisis económica que parece no tener fin, ha sido otra y muy dura.

Y por mucho que mi esposo siga a mi lado y no haya estado de acuerdo con todo los trabajos que he desarrollado, he tenido que pagar –y muy caro- el precio de haber emigrado.

Hay extranjeros que quizá han corrido con mejor suerte en el tema laboral, pero otros, como yo, la suerte ha brillado por su ausencia, pues ni aún con la nacionalidad española que tengo, he podido hacerme de un buen trabajo. Y sin “enchufes”, como dicen aquí, menos…

Este ha sido mi caso como inmigrante, como periodista. Aún así, estoy en un país que desde niña me atraía mucho. Me gusta, le tengo cariño, lo he disfrutado y conocido a mi manera y sus fiestas y tradiciones me encantan, pero no puedo negar que me provoca mucha tristeza y decepción el no haber encontrado una buena oportunidad profesional.

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