Se fue la tarde de un domingo 17 de julio de 2016. Tenia 92 años y en unos cuatro meses llegaría a los 93. Yo creo que se fue sobre las 8 de la noche. No recuerdo con exactitud la hora.
Se fue despacito y en poco tiempo: en menos de 48 horas y creo que no sufrió mucho. Mejor para él, porque ya bastante llegó a sufrir en su infancia y su juventud.
Quiero recordar ese día como especial y único porque el médico que lo atendió en el hospital -una persona muy humana- nos citó a sus seis hijos, que ya estábamos por ahí conscientes de que se acercaba el final, para que nos despidiéramos de él, que agonizaba en la cama de la habitación.
Fue un momento de mucho dolor, ese que solo se siente cuando sabes que ha llegado la despedida final del ser que te dio la vida.
Nunca olvidaré esos minutos porque ese médico tuvo a bien quedarse ahí, con nosotros, y dirigirnos unas palabras en las que destacó que pocas veces en su carrera profesional había tenido la oportunidad de ver a todos los hijos de un paciente -sobre todo de la edad de él- reunidos en torno a sus últimos minutos de vida.
Con respeto y consciente del momento, nos dijo que valoraremos ese oportunidad que la vida nos daba al despedirlo todos juntos. También nos dijo que pese a las enfermedades lógicas de su edad, él estaba terminando porque su corazón ya estaba cansado, pero que fue un hombre fuerte.
Fueron 92 años en los que llegó al final lucido en pensamientos y conversaciones. Recuerdo que cuando lo llevábamos al hospital, casi las 5 de la madrugada del día anterior, dado que en las últimas horas empezó a ponerse mal, iba en el asiento del copiloto, charlando con mi hermano mayor que conducía, dándolo indicaciones de algunas labores de su rancho, ese que fue su vida y le dio vida.
Nuestra conversación
Tres días antes estuve charlando con él en su habitación de casa. Él sentado en su sillón y yo recostada en la cama. No recuerdo cómo empezó la charla, pero sí sé que se me ocurrió grabarla con mi celular.
No sé si se dio cuenta o no, pero creo que acabé entrevistándolo. Me habló de su dura infancia y adolescencia, de su madre, su padre, su abuela -a quien tanto quiso- y de su juventud.
En ese momento tomé conciencia de lo que padeció y lo fuerte que fue al enfrentar solo a la vida en muchas situaciones duras, sin caer en tentaciones o desviar su camino de vida.
Por el contrario, se hizo a sí mismo y se construyó como persona de bien, siempre luchando y trabajando por superarse, pese a que no tuvo muchos estudios.
Repentinamente y sin saber, la conversación que teníamos la interrumpió un hermano que llegó a la habitación. Ya no la retomamos porque se puso a hablar con él temas del rancho.
Tres o cuatro días después falleció y para mi fue tan grata como sorprendente la oportunidad que tuve de charlar con él sobre su vida, luego de algunos años de no verlo y de haber vuelto a mi pueblo, Santa Bárbara, Chihuahua, donde estaba la casa mis padres.
Fui, no porque estuviera a punto de morirse, sino porque era el momento en que yo tenía que ir a verlo sin imaginar que la vida me estaba dando la oportunidad de ir a despedirme de él.
A los once días de mi llegada falleció y al igual que mis hermanos, me quedé con el dolor por su partida, pero personalmente con un tesoro que solo ha sido mío: la grabación de parte de su historia de vida narrada con sus propias palabras.
Debo reconocer que desde entonces no he tenido el valor de escuchar completa la grabación que un día descargué y guardé en mi computadora, esperando el momento oportuno para volver a escucharía y que seguro llegará.
Si de algo estoy orgullosa es que siempre le gustó que yo fuera periodista y sé que también se sentía orgulloso de mi profesión. Agradezco que siempre me dio libertad y apoyó mis decisiones.
Con él entablaba conversaciones sobre política, tema que le gustaba y sobre la cual se actualizaba leyendo periódicos y escuchando la radio.
Fue un hombre de carácter fuerte, estricto, disciplinado y muy trabajador, a quien en muchos momentos de mi vida he extrañado y necesitado en silencio, pero a quien también le agradezco lo que en vida me dio.
Gracias, papá…