Abuela periodista

‘No quiero saber nada del periodismo’

La vi de lejos. Llevaba un cochecito de bebé de diseño antiguo. De esos que son caros, clásicos y que ciertamente parecen marcar alguna diferencia económica entre un bebé y otro. Estaba rodeada de amistades que, sonriendo y comentando, no paraban de mirar a su nieta en el interior del cochecito. Me acerqué a saludarla y de pasada a conocer a la niña, que era la novedad en ese momento.

A ella la vi más mayor, cansada y hasta cierto punto agobiada al verse rodeada por varias mujeres que no paraban de hablar y piropear a esa niña de meses cuyos grandes ojos azules impactaban a quien la conocía por primera vez.

Me dio gusto verla luego de tanto tiempo. No tuve que preguntar cómo estaba, porque ella misma me contó en pocas palabras lo que era su vida hoy: entregada al cuidado de su única nieta y a atender a su madre, una mujer de avanzada edad que lleva años postrada en la cama y que parece que se muere pero nunca lo acaba de hacer.

Cuando le pregunto sobre su estado de salud, respira hondo y abrumada me dice que «ahí sigue», luego hace una pausa y remata expresando con resignación y cansancio, «pero no acaba de irse».

Por segundos nos quedamos calladas las dos. Fue como un silencio de respeto, mientras que una mujer se aproxima a nosotras, saluda en voz alta y su mirada se dirige al carrito. No dudó en coger la mano de la bebé y expresarle palabras bonitas. No se paró ni un minuto a charlar. Siguió su camino mientras la abuela sacó inmediatamente una toallita húmeda para limpiar la mano de la niña. Son tiempos de pandemia y no debemos tocarnos. Eso parece haber olvidado la mujer.

¿Y… sigues impartiendo tus clases?  Le pregunto sabiendo que hace tiempo daba clases a adultos en una universidad de la ciudad.

Para nada, me dice. Con la pandemia cambiaron las cosas, pero ya antes había dejado de dar clases en la academia.

¿Pero al menos estarás escribiendo para algún sitio, no? Pregunto con la esperanza de obtener un «sí», pero fue un «no».

No, Marga, no escribo en ningún sitio y no quiero hacerlo. No quiero saber nada del periodismo y menos con el periodismo que están haciendo hoy en día.

Sus palabras me cayeron como balde agua fría. Se trata de una periodista de larga trayectoria en Valencia, que aunque la conocí fuera de su época grande como periodista y de los medios donde laboró, sé que hizo un gran trabajo, que seguía activa colaborando en tertulias de televisión, dando clases a personas adultas en la universidad y en una entidad cultural.

Sé que hacía grandes esfuerzos por mantenerse activa, aunque siempre corriendo y a toda prisa, dividida entre sus compromisos profesionales y el cuidado de su madre. Me dio tristeza escuchar esas palabras y reconozco que me quedé muda. No supe qué más decirle.

Ahora estoy entregada al cuidado de mi nieta, mi madre. Ahora es mi tiempo y aún así, mira, ya estoy llena de canas, expresó apresurada y hasta con cierto tono de resignación, intentando justificar el abandono de la profesión.

No vi una abuela contenta de cuidar a su nieta. Vi una mujer madura, cansada y profesionalmente frustrada, pese a su larga trayectoria.

Me despedí de ella no sin antes piropear la belleza de la nieta. Seguí mi camino callada, con esos pensamientos de vida que muchas veces nos llegan, sobre todo en estos tiempos de pandemia.

Me quedé con mal sabor luego de ese breve encuentro. Pensé en lo frustrante que nos resulta a muchas y muchos periodistas ver cómo se ha ido deteriorando el periodismo; cómo han cambiado los medios de comunicación; cómo se han perdido tantos empleos. ¡Como hoy en día todo mundo es periodista, gracias a las redes sociales!

Pero también me asaltaron otros pensamientos: ver cómo las mujeres somos capaces de multiplicarnos en tareas, responsabilidades, y cómo a veces acabamos sacrificando nuestros sueños e ilusiones por ayudar a los demás, sobre todo a los hijos.

Aunque me fui revuelta entre emociones y sentimientos, creo que mi amiga periodista tiene razón, el periodismo que se hace hoy en día carece de calidad, responsabilidad, compromiso, objetividad. De tantos elementos que antes sí se valoraban y se aplicaban. Hoy muchas personas son periodistas y publican inmediatamente, mal o bien, todo por ganarle tiempo al tiempo.

La tarde de ese mismo día, luego de mi penoso encuentro con la periodista, remató cuando en un foro de periodistas leí lo que el directivo de un medio de Valencia publicó:

«Titular de portada (firmado): ‘Todos los supermercados de Mercadona que cierran a las 22 en vez de a las 21.30 horas’. Definitivamente, el periodismo se muere o lo están matando».

Otro periodista que tiene razón… ¡definitivamente, el periodismo se muere o lo están matando!

Casualmente mi amiga la periodista fue quien hace años me presentó al directivo. Coincidencias.

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