Viernes Santo en Calanda

‘Romper la hora’, un Viernes Santo muy peculiar en Calanda

Le llaman “Rompida de la hora” o “Romper la hora“. Es el acto en el que instrumentos como el tambor y el bombo son los protagonistas principales de un pueblo –Calanda (Aragón)- cuyos habitantes los hacen sonar el Viernes y Sábado Santo, para celebrar la muerte de Cristo, como igual lo llevan a cabo vecinos de nueve pueblos cercanos que forman la conocida “Ruta del tambor y el bombo”.

Sabía de esta peculiar celebración porque hace tiempo me lo contó una amistad, pero hasta este año pude acercarme al pueblo para vivirlo en persona y comprobar que… ¡valió la pena!

Es una celebración no sólo diferente, sino espectacular, estruendosa y hasta solemne, que sorprende a quienes estamos acostumbrados a otro tipo de actos o ceremonias en Semana Santa, incluso a algunos que son originarios de este país y que no conocen esta particular celebración.

La plaza principal de Calanda -escoltada por una enorme iglesia, bares, las oficinas de un banco, el edifico del ayuntamiento y, sobre todo la que fue la casa natalicia del gran cineasta Luis Buñuel– es testigo de que la tradición la siguen conservando cada año hijos, padres y abuelos, quienes reunidos en Cofradías o miembros de asociaciones, hacen tocar los tambores en recuerdo del estruendo que, según narra la Biblia, se escuchó en la Tierra cuando Jesús murió, una tradición que data desde la Edad Media.

Una o dos horas antes de las 12 del mediodía se empiezan a congregar los tamborileros en la plaza, vestidos con túnicas moradas, cargando sus tambores de diferente peso y medidas, así como enormes bombos, algunos de los cuales reflejan imágenes religiosas en sus parches.

Nadie es capaz de golpear tambores ni de broma antes de la hora esperada, pues saben que la tradición marca que estos empezarán a tocar justo cuando el reloj público marque las 12 del día y cuando la pregonera invitada, que en este caso fue una directora de cine, dé el primer golpe a un enorme bombo colocado enfrente de la casa que vio nacer a Buñuel.

A escasos minutos de “romper la hora”, autoridades y pregonera se abrieron paso entre los tamborileros para acercarse al enorme bombo. Algunas personas empezaron a pronunciar el usual “ssshtt”, entre el barullo de la gente. El ruido de las voces bajó y, de pronto, faltando un escaso minuto para que el reloj marcara las 12, en la plaza reinaba un sorprendente silencio, mientras las miradas de lugareños y turistas se movían de un lado a otro, expectantes.

Así, el casi absoluto silencio se rompió de pronto cuando los tamborileros le dieron fuerte a los palillos y mazos y el estruendo de tambores y bombos se adueñó del pueblo, de tal manera que quienes estábamos parados, sentíamos cómo el suelo vibraba, y quienes estaban recargados en paredes, notaban cómo estas se estremecían del ruido.

Aproximadamente unos 20 minutos retumbó la plaza, pero aunque el público empezó a moverse de un sitio a otro, los tamborileros no dejaron de tocar; unos se quedaban ahí, otros se desplazaban por calles estrechas del pueblo, charlando o retomando el sonido de los instrumentos, pero estos no dejaron de sonar hasta el Sábado de Gloria por la tarde, como lo marca la tradición.

A las 3 de la tarde del mismo Viernes Santo, se retomó con nueva fuerza el sonido de tambores y bombos en la solemne procesión en la que los participantes regresaron a la plaza principal con su túnica morada y con una especie de velo cubriendo su cabeza. En la noche se realizó otra procesión y los tambores se siguieron escuchando.

Es así como este pueblo y otros más celebran los días santos. Curioso para unos, locura para otros, pero al final uno se da cuenta que creyentes o no en Dios, España sigue manifestando su religiosidad a su manera.

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